Cuando el otoño azoto con furia sus corazones, sintieron por primera vez la calidez y las dulces sensaciones. El Rey que ama a su Reina con devoción, admira y cuida de ella cual delicada flor.

Su amor es puro y digno de aquel ser al que él llama su verdadero amor. Podrán pensar que loco esta, al saber que su Reina no es una mujer.

Al contrario de lo que dicta cualquier regla en el universo. El Rey está enamorado únicamente de su hermoso Reino y de todo aquello que vive para ser eterno.

Porque su Reina no es algo a lo que se pueda aferrar por completo, es algo en lo que únicamente podrá creer él solamente.

Aquel Rey de ojos brillantes y mirada dulce… Solo quiere que su gloria perdure.

Me llamo Sujuneko, tengo 17 años. Estoy aquí para seguir el legado de ese Rey y llenar de dulzura el mundo oscuro en el que siempre nos sumergimos.



Otoño.

Aquel joven de piel pálida, descansaba entre las finas sabanas de seda. Su cuerpo se confundía con facilidad entre la alborotada vestimenta de cama. Orbes ocultos tras finos parpados, pestañas largas y ligeramente rizadas, cabello desarreglado por la dura batalla que había realizado entre sueños. Su cuerpo semidesnudo que captaba la atención de cualquiera en dicha habitación.

Era esta la cuestión, el individuo que observaba con ternura a su amado, quien sin inmutarse a su presencia, permanecía descansando.

Suspiro tras suspiro, de sus labios aquellos pequeños respiros salían sin su permiso. Sentado a la orilla de la cama con una taza de té entre sus manos. Hacía ya rato que la dulce bebida se había enfriado, pues, el joven, el intruso, el ladrón de caricias. Llevaba rato anonadado por el pausado y simple respirar del contrario, quien seguía sin mover sus extremidades, quien cómodamente reposaba su cabeza contra una esponjosa almohada cubierta de sueños y esperanzas.

El intruso no perdía segundo alguno de su estadía en aquel lugar, gozaba con cada gesto que se plasmaba en el rostro de su ahora esposo. Entre sus manos la taza que había permanecido humeante hacía una hora o más, ahora solo tenía apenas un tercio de la bebida antes mencionada.

El fino aro de metal precioso chocaba de vez en cuando contra la fría porcelana, aquel sonido, aquel dulce y tan frágil sonido le hacía rememorar el momento perfecto de su día de bodas. Las flores parecidas a las que descansaban sobre la mesa cercana, el aroma aterciopelado que desprendía el amor de ambos, la suave tela de los trajes. Cada simple detalle que podía ser evocado con solo ver el anillo que decoraba su mano.

De sus labios no podías decir mucho. Una sonrisa fija permanecía plasmada en el rostro del eterno enamorado, su mente perturbada con tantos sentimientos y abrumadores pensamientos, maquinaba con rapidez al notar como el otro empezaba a removerse en la cama. El sol que se filtraba con gracia por entre las cortinas, causaba molestia al bello durmiente envuelto en sabanas y almohadas.

Volvía a suspirar por enésima vez en aquella mañana, el crujir de las hojas en la ventana. La brisa chocar contra esta y las nubes que por más cautelosas que fueran, seguían dejando en su estela el sonido producido por sus murmullos y estremecedoras risas.

Por un momento se distrajo al escuchar un constante golpeteo en la puerta de la casa, recordando con rapidez que era la rama suelta del árbol que con tanto amor había cuidado por años.

En ese preciso instante en el que su atención se desvió; su amor, ahora despierto y sonriente se mecía de un lado a otro entre las sabanas, sin abrir del todo sus ojos.

Alzando un poco su brazo, logró capturar la pequeña cintura de su amado. En un agarre sencillo, pero eficaz.

El otro que había fijado su mirada en algún punto perdido entre los montones de ropa y la alfombra que decoraba el piso de la habitación; pretendía llevar la taza a sus labios, dando así el ultimo sorbo de su ya fría bebida.

Pero sus movimientos no fueron tan rápidos como los del que a pesar de su edad era más alto.

Un crujido luego un suave estallido, la taza entre sus manos se había roto, dejando a su paso la porcelana quebrada en finos pedazos, manchada de un tono rojo debido al té de frutos rojos.

Simples pestañeos, suaves sonrisas una brillante e iluminadora mirada que cautivó a ambos enamorados. Suspiros tenues, roces de labios, alientos entremezclados, caricias por doquier, sonrojos inevitables que cubrían la delicada piel de sus mejillas.

Al más bajo no le importó en lo absoluto que la taza, la cual yacía en el piso solitaria, fuese de su juego favorito de porcelana, al final de todo, ni que hubiese sido el regalo de un Rey. No era lo suficientemente trascendente como para prestarle la atención que debía. Ya luego se encargaría de recoger los trozos de esta y preservar en su memoria ese simple recuerdo de por haber sido tan distraído tener la grata sensación que su esposo despertara y solo se preocupara por envolverle en sus brazos.

El príncipe de mirada azucarada, de manos grandes, de labios gruesos y mejillas levemente abultadas le miraba como desde hacía seis meses lo hacía. Con amor, con delirio, con anhelo.

Solo ellos dos entendían por qué aquel abrazo era más importante que todo lo que les rodeaba o pasara. No importaba la taza rota en el piso, no importaba ropa desordenada en la habitación, no importaba el golpeteo de la puerta, ni siquiera la lluvia que ahora caía con fuerza.

Nada más con verse a los ojos, el deseo de tenerse el uno al otro de compartir un momento a solas como siempre. Simplemente perfecto que en un día de otoño ya entrando el medio día, ambos cuerpos se fusionarán en su endulzado y precioso amor.

28/08/14

Carta a los cielos.

Junto a un puñado de sueños a los que llamo mis fieles compañeros, vengo a escribir esta carta. Sumergido en mi inexistente inocencia, anhelo con el día en el que este dulce escrito complete su trayectoria hasta los cielos y llegue al lado del Dios que cuida hasta de la más delicada flor.

Mis deseos vengo a expresar de forma breve, pues no pretendo distraer a nadie con mis enredos y tontos argumentos.

Quiero pedir a los cielos un favor.

Que se me sea concedido el honor de pasar el resto de mis días al lado del ángel que descendió desde las alturas para cuidarme.

Con todo respeto pido a cada uno de sus superiores que me tomen en cuenta, pues mi amor es mucho más puro que cualquier diamante en la tierra.

De mis agotadas manos y con mi puño letra, redacto esta carta en presencia de mi alma la cual le pertenece únicamente a mi ángel de la guarda.

No quiero una vida lujosa, no deseo estar rodeado de fama, no me hace falta nada de magia. Solo quiero que cada segundo de mi vida pueda ser compartido con ese hombre de brillante sonrisa.

De entre todas las personas del mundo no tengo nada en especial, no me destaco en lo absoluto. Uno más del montón que no tiene ningún tipo de ocupación. 

Tan solo vive del amor que se le es otorgado día tras día por una brisa suave que lleva consigo el nombre más puro y humilde del mundo.

Errores ha cometido por montones; llorando todas las noches ruega a los cielos que le perdonen. Pues no es digno de un ser tan puro y divino.

Aun así, él piensa que de su corazón brota lo que en la tierra se considera ya como una lengua muerta.

El amor que emana de sus ojos, de las dulces muecas de felicidad que acompañan su rostro, cada vez que ve a su ángel y tiene el placer de acariciar su delicado ser.

Sentimientos puros que deben tomarse en cuenta. Ilusiones que por derecho tienen que ser ciertas.

Al cielo mandaré esta carta, para que me devuelvan a mi ángel de la guarda, pues sin él no soy nadie.

Aquí en la tierra no hay cura existente que alivie mis males, solo sus besos que calientan mi sangre.

25/08/14.

Sentimiento profundo.

Sucedió tan rápido como el aleteo de un colibrí. En un abrir y cerrar de ojos estaba hipnotizado, a causa de ti.

Trágico, agonizante. Ese sentimiento que me congela la sangre.

¿Entiendes a lo que me refiero?

Tengo miedo de que un día te reclamen en los cielos. De que tu Dios baje enfurecido y te aparte de mi lado, para llevarte consigo.

Tiemblo de solo pensar, que un día te tengas que alejar, le tengo pánico a despertar en las noches y no poderte encontrar.

Mi corazón disminuye con lentitud la frecuencia de sus latidos, cuando pensamientos impuros invaden mi mente.

El deseo de tenerte conmigo se hace cada vez más fuerte. Sinceramente, no sé qué es lo que pasa, pensaba que tenía todo bajo control, pero el amor es tan salvaje como los besos que anhelo darte.

El frío corroe mi mirada, las grietas en mi piel se expanden de forma dolorosa, los gritos quedan sellados en mi boca.

Cuando pienso en las terribles pesadillas que conforman mi pasado. Solo mi presente me ayuda a continuar navegando en las aguas claras que tú mismo me has dado.

¿Te suena enfermizo?

Tú me tienes así, no tengo la culpa de vivir en carne viva cada lágrima que se desprende de mi alma, cuando actúas con indiferencia y te cierras en la nada.

Debería poder curar tus heridas con mis besos, debería poder ser suficiente para que tu estadía en la tierra fuese capaz de detener el tiempo.

Eres un ángel, lo sé.

Soy un demonio, tal vez.

Te amo, claro que lo hago.

Mi corazón de poeta sobre escribe lo que mi alma está pensando, aquí no hay palabras frías, no hay cálculos de ningún tipo.

Aunque  mis escritos no seas dulces, mis sentimientos si lo son, porque en el fondo tú sabes bien que lo que siento por ti, es puro como el néctar más divino creado por los Dioses.

Espero poder algún día escribir una carta y enviarla a los cielos, así de ese modo, tal vez tu Dios acepte dejarme subir a su reino.

Juntos conquistaremos nuestro propio mundo, este ya no tiene nada que ofrecernos.

Nosotros sabemos que nuestro amor es eterno.

Soñando despierto.

Tras una pequeña colina, se asoma el astro rey, despertando a las criaturas para ver el majestuoso amanecer. Solo unos minutos es lo que hace falta para que mis ojos se abran.

Mis parpados se mueven con lentitud, una leve sonrisa se dibuja en mis labios al percibir la calidez que emana el cuerpo que se encuentra a mi lado.

Enfocando mi vista, paseo mi mirada rápidamente por la habitación, ya es de día. Se escucha el canto de un Ruiseñor a lo lejos, más mi atención, la centro en ti por completo.

Tú, quien me has robado tanto suspiros, como aquel que escapa de mis labios en ese preciso instante. Me encuentro avergonzado al tenerte tan cerca, siento como si pudieras leer mis pensamientos a pesar de estar sumido en un profundo sueño.

Hoy, he despertado con ganas de observarte por un rato, ya hace tiempo que no lo hago. Son pocos los momentos que puedo tenerte de esa forma, acurrucado entre las sabanas a mi lado.

Recuerdo que en la noche, te quedaste dormido tras decirme entre susurros un “Te amo”. Se escuchó tan dulce y único como siempre, me robaste el aliento e hiciste que mi corazón se paralizara por completo.

Es tan fácil para ti hacerme delirar, tú sabes bien que me tienes de rodillas ante ti. Eres mi ángel, que más te puedo decir.

No ha pasado mucho desde que abrí mis ojos, agradezco internamente que todavía no hayas despertado, pues quiero seguir observando a la persona que amo.

Dios, si pudieras tan solo escuchar los latidos de mi desenfrenado corazón. No sé qué sería de mí sin ti, eres quien mantiene viva mi esperanza, tú eres quien hace que mi vida tenga sentido.

¿Lo ves?

Ya sin darme cuenta, me encuentro acariciando con ternura una de tus mejillas. Adoro el suave tacto que tiene la piel de tu rostro bajo mis manos, esa cálida temperatura, ese leve tono rosado que nunca tienes tiempo de notar, pues siempre andas apurado, lo amo.

Tus grandes parpados que ocultan tras estos, esos hermosos orbes de un tono casi negro. Tu pequeña nariz y esas grandes orejas que me hacen reír.

Mis delicadas caricias parecen hacerte cosquillas, pues te remueves de forma inquieta bajo mis toques. Una risa tierna se escapa de mis labios, me haces tan feliz que es difícil imaginarlo.

Ya comienzo a extrañar escuchar mi nombre brotar de tus labios, se ha hecho una necesidad para mí. Tu dulce voz, ese suave tono que se escucha como canción, pronunciando mi nombre de forma perfecta.

Cuando miras mis ojos e inclinas un poco tu cabeza, siento que un tu mirada acaricia la mía, como los pétalos de una flor cuando son acariciados por la brisa del verano.

Debo estar soñando despierto, aunque tendría que admitir que despertar a tu lado es mejor que un sueño. A pesar de que el cielo fuese color gris, no tendría importancia alguna, pues tú seguirías allí.

Es como el sol, aunque las nubes estén presentes, él sigue iluminando con la esperanza de que estas dejen de opacar su brillo. Tú eres igual para mí, no importa lo que pase, siempre estas a mi lado para hacerme sonreír.

En un acto atrevido, me acerco con cautela hasta dejar mi frente junto a la tuya. Siento tu suave aliento mezclarse con el mío.

Bajando mi mirada esta se detiene en tus labios, aquellos rojizos y perfectos labios. Más de mil besos te he robado mientras duermes, pero ese es un secreto que no pretendo confesarte.

La sonrisa que permanecía en mi rostro solo se agranda al momento en el que nuestras bocas se unían. Que descarado soy al desprender de ti otro beso lleno de amor. Tú deberías ser quien me concediera ese honor.

Mantengo mis ojos cerrados como cada vez que te beso, pero esta vez es diferente, pues me estas correspondiendo.

Espero que no te enoje lo que acabo de hacer.

Me separo con delicadeza, manteniendo mi mirada baja, tu solo te quedas en silencio mientras me abrazas.

“Buenos días”

Susurras con el tono que tanto me gusta. Definitivamente, estoy soñando despierto como siempre. Pues es mi vida es tan perfecta que solo puedo decir que ya no es vida, es un sueño.

Un perfecto y hermoso sueño.

09/07/14