Cuando el otoño azoto con furia sus corazones, sintieron por primera vez la calidez y las dulces sensaciones. El Rey que ama a su Reina con devoción, admira y cuida de ella cual delicada flor.

Su amor es puro y digno de aquel ser al que él llama su verdadero amor. Podrán pensar que loco esta, al saber que su Reina no es una mujer.

Al contrario de lo que dicta cualquier regla en el universo. El Rey está enamorado únicamente de su hermoso Reino y de todo aquello que vive para ser eterno.

Porque su Reina no es algo a lo que se pueda aferrar por completo, es algo en lo que únicamente podrá creer él solamente.

Aquel Rey de ojos brillantes y mirada dulce… Solo quiere que su gloria perdure.

Me llamo Sujuneko, tengo 17 años. Estoy aquí para seguir el legado de ese Rey y llenar de dulzura el mundo oscuro en el que siempre nos sumergimos.



Lluvia.

Por años he escuchado decir a las personas mayores que la lluvia no es nada más que lágrimas derramadas por los ángeles que habitan en el cielo.

Yo por el contrario, afirmo que no es otra cosa, sino un fenómeno meteorológico causado por el ciclo de evaporación del agua… Pero, si lo quisieras ver desde otro punto de vista, uno romántico, prefiero decir que es algo que une los enamorados; así como la brisa que alborota tus sonrisas en un día de intenso verano.

Gota tras gota, impactan contra la superficie de las ventanas, se escurre por el techo, cae directamente sobre la tierra y moja el pavimento. No hay nadie en la calles, esta se encuentra desierta, como si el mundo estuviese purificándose y fuese pecado salir a mojarse.

Los árboles parecen más verdes, el cielo es gris, pero el día no parece oscuro. Tiene un brillo único.

Estando ambos jóvenes dentro de casa, se les hacía imposible sentir el potente frío que impregnaba las calles. Ambos bajo mantas de gruesa tela y estampados de colores llamativos, disfrutaban tan solo de la compañía del otro, viendo las gotas de lluvia, contando las que fuesen posibles entre tenues suspiros y reconfortantes caricias.

Todo muy bien medido, cada centímetro de la pequeña y cómoda habitación desprendía el aroma dulzón de un líquido caliente anhelado por ambos. La suave espuma que cubría la espesa bebida les hacía cosquillas en los labios. Sus besos llevaban consigo la calidez y sabor de esta.

Dulce y amargo, sabor cálido achocolatado y espumosa crema de vainilla.

El primero de ambos adoraba el chocolate, no era cuestión de dar su vida por un grano de cacao, pero si era de aquellos que disfrutaban con goce de vez en cuando de un poco de aquella sustancia alabada por los dioses.

El segundo de ellos, declinaba ante los gustos de su amante, más aun así, le era indiferente si bebía de este o no. Pues la crema de vainilla le ayudaba a contrarrestar ese sabor fuerte que le producía cosquillas extrañas en la boca del estómago.

De forma única, ambos sabores habían sido mezclados con extrema precaución creando aquella bebida de días fríos de lluvia e invierno. Era una pócima para levantar los ánimos y avivar sus corazones. Algo que solo ambos tenían el placer de compartir de esa manera tan extraordinaria.

Pues verá usted, el chocolate caliente con crema de vainilla, era mucho más que simples palabras que le alegraban el día a cualquier niño o niña. Este era la bebida de los enamorados que ahora disfrutaban bajo las mantas de cómo sus manos se apoderaban del cuerpo del contrario.

Si, los días de lluvia son fáciles de llevar, en tanto tengas a alguien a quien amar. Después de todo, las gotas de lluvia no son lágrimas, son elixir el más puro elixir que da la vida desde que aprendí a vivirla. Desde que hace siete meses decidiste dar el primer paso y amarme como nunca antes se había amado.

10/09/14.

Otoño.

Aquel joven de piel pálida, descansaba entre las finas sabanas de seda. Su cuerpo se confundía con facilidad entre la alborotada vestimenta de cama. Orbes ocultos tras finos parpados, pestañas largas y ligeramente rizadas, cabello desarreglado por la dura batalla que había realizado entre sueños. Su cuerpo semidesnudo que captaba la atención de cualquiera en dicha habitación.

Era esta la cuestión, el individuo que observaba con ternura a su amado, quien sin inmutarse a su presencia, permanecía descansando.

Suspiro tras suspiro, de sus labios aquellos pequeños respiros salían sin su permiso. Sentado a la orilla de la cama con una taza de té entre sus manos. Hacía ya rato que la dulce bebida se había enfriado, pues, el joven, el intruso, el ladrón de caricias. Llevaba rato anonadado por el pausado y simple respirar del contrario, quien seguía sin mover sus extremidades, quien cómodamente reposaba su cabeza contra una esponjosa almohada cubierta de sueños y esperanzas.

El intruso no perdía segundo alguno de su estadía en aquel lugar, gozaba con cada gesto que se plasmaba en el rostro de su ahora esposo. Entre sus manos la taza que había permanecido humeante hacía una hora o más, ahora solo tenía apenas un tercio de la bebida antes mencionada.

El fino aro de metal precioso chocaba de vez en cuando contra la fría porcelana, aquel sonido, aquel dulce y tan frágil sonido le hacía rememorar el momento perfecto de su día de bodas. Las flores parecidas a las que descansaban sobre la mesa cercana, el aroma aterciopelado que desprendía el amor de ambos, la suave tela de los trajes. Cada simple detalle que podía ser evocado con solo ver el anillo que decoraba su mano.

De sus labios no podías decir mucho. Una sonrisa fija permanecía plasmada en el rostro del eterno enamorado, su mente perturbada con tantos sentimientos y abrumadores pensamientos, maquinaba con rapidez al notar como el otro empezaba a removerse en la cama. El sol que se filtraba con gracia por entre las cortinas, causaba molestia al bello durmiente envuelto en sabanas y almohadas.

Volvía a suspirar por enésima vez en aquella mañana, el crujir de las hojas en la ventana. La brisa chocar contra esta y las nubes que por más cautelosas que fueran, seguían dejando en su estela el sonido producido por sus murmullos y estremecedoras risas.

Por un momento se distrajo al escuchar un constante golpeteo en la puerta de la casa, recordando con rapidez que era la rama suelta del árbol que con tanto amor había cuidado por años.

En ese preciso instante en el que su atención se desvió; su amor, ahora despierto y sonriente se mecía de un lado a otro entre las sabanas, sin abrir del todo sus ojos.

Alzando un poco su brazo, logró capturar la pequeña cintura de su amado. En un agarre sencillo, pero eficaz.

El otro que había fijado su mirada en algún punto perdido entre los montones de ropa y la alfombra que decoraba el piso de la habitación; pretendía llevar la taza a sus labios, dando así el ultimo sorbo de su ya fría bebida.

Pero sus movimientos no fueron tan rápidos como los del que a pesar de su edad era más alto.

Un crujido luego un suave estallido, la taza entre sus manos se había roto, dejando a su paso la porcelana quebrada en finos pedazos, manchada de un tono rojo debido al té de frutos rojos.

Simples pestañeos, suaves sonrisas una brillante e iluminadora mirada que cautivó a ambos enamorados. Suspiros tenues, roces de labios, alientos entremezclados, caricias por doquier, sonrojos inevitables que cubrían la delicada piel de sus mejillas.

Al más bajo no le importó en lo absoluto que la taza, la cual yacía en el piso solitaria, fuese de su juego favorito de porcelana, al final de todo, ni que hubiese sido el regalo de un Rey. No era lo suficientemente trascendente como para prestarle la atención que debía. Ya luego se encargaría de recoger los trozos de esta y preservar en su memoria ese simple recuerdo de por haber sido tan distraído tener la grata sensación que su esposo despertara y solo se preocupara por envolverle en sus brazos.

El príncipe de mirada azucarada, de manos grandes, de labios gruesos y mejillas levemente abultadas le miraba como desde hacía seis meses lo hacía. Con amor, con delirio, con anhelo.

Solo ellos dos entendían por qué aquel abrazo era más importante que todo lo que les rodeaba o pasara. No importaba la taza rota en el piso, no importaba ropa desordenada en la habitación, no importaba el golpeteo de la puerta, ni siquiera la lluvia que ahora caía con fuerza.

Nada más con verse a los ojos, el deseo de tenerse el uno al otro de compartir un momento a solas como siempre. Simplemente perfecto que en un día de otoño ya entrando el medio día, ambos cuerpos se fusionarán en su endulzado y precioso amor.

28/08/14